domingo, 5 de marzo de 2017

Es domingo y Madrid está vestida de gris, tan preciosa como siempre. Y yo, intentando hacer las paces con el papel en blanco mientras me reprocha que llevo demasiados meses sin pasarme por aquí, como un viejo amigo que nunca olvidas pero al que te cuesta volver. Por eso lo hago sin disfraz, sin personajes a los que cargarles con el peso de mis miedos; lo hago en forma de diario porque estas semanas he necesitado saber muchas veces como he sido capaz tantas otras veces de chocar con icebergs sin hundirme, y no he podido recordarlo; lo hago como brújula, como una forma de volver a casa después de mucho tiempo perdida.

Esta semana he redescubierto el significado de muchas cosas, entre ellas de la lealtad y de la confianza. Mi Roble se ha abierto en canal ante mí, haciéndonos florecer en vez de marchitarnos, diciéndome con los ojos ‘entiéndeme, por favor’, y yo sólo sentía que podía quedarme abrazada a él toda la vida, él es un bonito lugar en el que vivir, en el que cobijarse, en el que refugiarse, es un hogar construido con nuestras propias manos. Antes lo creía y ahora estoy segura, es un hogar que protegería con mi vida.

También me he dado cuenta de que las distancias se pueden recortar con un mensaje, un recuerdo, una voz que te sigue animando detrás de cada paso que vas dando. Que, a veces, el tiempo se detiene cuando te despides de alguien, sólo para volver a reanudarse al reencontrarse.

La realidad me ha gritado a la cara que soy más afortunada de lo que siempre pienso, que el tiempo que invertí y que sigo invirtiendo cuidando a los míos nunca ha sido en balde, como tantas veces he creído. Que aunque siempre he sido de volar, y de llevar la libertad como bandera, en realidad, mis alas están construidas a base de raíces.

Sigo pensando que el invierno es la estación más bonita del año, la belleza de las cosas tristes. Y también sigo luchando contra mí misma más de lo que me gustaría. Me he dado cuenta de que no sirve de nada que vaya recogiendo las piedras del camino para no volver a tropezar con ellas si lo que hago es echármelas a la espalda y seguir directa hacia los precipicios.

Y también hay algo en lo que sigo sin tener éxito, sigo mirando más hacia atrás que hacia delante, y lo sé, intentar crecer mirando al suelo te hace perderte todo el paisaje.

Supongo que lo que intento decir es que sigo luchando con los monstruos que ya no están debajo de la cama, sino que ahora están dentro de mí.