martes, 16 de febrero de 2016

Las treinta y nueve lágrimas que forjaron al fénix

Hay quien me ha roto el corazón sin llegar a tocarlo, y también hay quien aun estrujándolo entre sus manos ni tan siquiera ha conseguido hacerlo latir. 

Pienso demasiado en la muerte, quizá porque a los ocho años la vi tan de cerca que un poquito de ella se ha quedado para siempre conmigo, en forma de cicatriz que todavía duele cuando llueve. 

Tengo el cuerpo lleno de cicatrices visibles sólo desde dentro, formando la constelación Dolor y Recuerdo. Para que nunca olvide. 

No sé olvidar, aunque quisiera. Menos cuanto más quiero. 

El siete como trinchera, la sonrisa como escudo, la tristeza como refugio. 

Mi única fobia me la creó un sueño cuando era niña: mi pilar fundamental moría devorada por serpientes y desde entonces ofidiofóbica. 

Tengo más pesadillas despierta que dormida. 

Me da miedo la degeneración del ser, la regresión a niño. 

Cuando era (más) pequeña varias madrugadas a la semana le preguntaba llorando a mi madre si se iba a morir, cuándo y dónde iba a ir después, ¿y yo? ¿me moriría algún día? No sé cuanto daño le podía hacer con eso cada noche, ahora sólo me lo pregunto a mí. Y creo que lo sé. Supongo que todos tenemos un pálpito de nuestro fin. 

A eso de los diez di varias vueltas de campana en el aire al derrapar cuesta abajo en bici, sólo salí magullada con cuatros rasguños, supongo que fue ahí donde aprendí a definir mi vida como ciclos de bajadas sin freno hacia las hostias-lamerse las heridas y vuelta a montar.

Amigos no sé, pero tengo un Roble que nunca (me) se quiebra, una Luz que nunca se apaga, y un cuerpo Celeste en el que orbitar, que son casa.

He dado vueltas en círculos alrededor de una persona cuadriculada durante demasiado tiempo.

Creo que lo único que no puedo recordar es cuántas veces me he llegado a caer (literal y figurado) sólo sé que la mayoría de veces Roble me agarro la mano para reducir la caída (figurado y literal) y empezar a renacer. En una de esas me salvo la vida (literal), me la salvo en muchas de esas (figurado).

He mentido, hay otra cosa que no recuerdo, la cara de mi abuela. Y mi otra abuela no se acuerda de mí.

A mis veintipocos (o tantos) no le encuentro sentido a mi vida, a la de nadie, a vivir. Pero sangro, me lamo la sal y el óxido y la ceniza y sigo.


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