martes, 9 de febrero de 2016

El lado oscuro del amor

Queremos mal. Creemos en el compromiso como punto álgido de amor, de un amor unidireccional, asfixiante, anulador. No somos capaces de aceptar que, como en tantas otras cosas, en el amor también somos animales, nuestra jodida manía de intentar racionalizarlo todo cómo si hiciera falta, como si ordenar el caos fuese signo de felicidad. La vida es entropía, el universo tiende al caos, pero ahí está el ser humano creyéndose con el derecho de (y la capacidad para) marcar el designio de las cosas, de decir cómo vivir, cómo amar, cómo ser(humano). 

La cultura condiciona el amor y ni nos damos cuenta, a veces me encuentro a mí misma escribiendo sobre el destino, almas gemelas, el amor de tu vida, y en realidad es algo en lo que no creo. Sí, la hipocresía es también muy humana. Os voy a contar algo, nunca he sido capaz de cerrarme (que no abrirme) a una persona, me da pánico, el amor me huele a conformismo, me da pena la gente que cree que ha encontrado el amor de su vida, su media naranja, cómo mierdas quieren llamarlo, a dos pasos de distancia. Somos siete millones de personas en el mundo, es lo que me acojona. Amar ciegamente a una persona por el resto de tu vida (o simplemente creyendo que así va a ser) me parece tan antinatural, tan poco animal, tan humano. Y no quiero. Será por lo salvaje, por lo utópica.

Pero ahí está esta sociedad podrida, el malestar hacia lo diferente, hacia el diferente, la presión grupal para ir a favor del gradiente, no te salgas del redil o te apalean. Y así pasa, que te pasas la vida fingiendo, enjaulando tu animal, enquistando amor, rompiendo en odio, desconfiando.


En fin, que ya lo decía Escandar me da miedo la posesión, retener y exigir exclusivas. Ya lo dije una vez, no sé ni dónde ni a quién, pero vamos a dejar de querernos tanto y querernos mejor (todos, a todos, con todos).

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