domingo, 6 de septiembre de 2015

Roma arde

Roma ardedijo mientras se servía otra copa – y sigo hundido hasta las rodillas en un río de mujeres.
Aquí llega – pensó ella. Otra diatriba empapada en whisky sobre lo maravilloso que era todo en el pasado, y sobre como nosotras, pobres almas perdidas, nacimos tarde para ver a los Stone, o para esnifar coca como ellos en el estudio 54. Parece que todos nos hemos perdido todo aquello por lo que merece la pena vivir y lo peor de todo es que ella estaba de acuerdo con él.
Aquí estamospensó ella  - en la cima del mundo, en el límite de la civilización occidental. Y todos nosotros estamos tan desesperados por sentir algo, cualquier cosa, que seguimos chocando unos contra otros y jodiéndonos el camino hasta el fin de los tiempos.

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No sé si es que es que estoy a borde o a precipicio de los veinticuatro, o es que llevo media vida planeando una huida y todavía no sé dónde voy, sólo sé que lo he intentado muchas veces siempre a la deriva, pero en los aeropuertos no se permiten facturar fracturas del alma, eso es equipaje de cuerpo herido. Lo que pasa es que he transformado en invierno cada una de mis primaveras, y por mucho que cambie de hemisferio sigo en un polo norte mental, y toda el agua que dicen que circula en sentido opuesto, sigue conduciéndome a Isla Error, da igual el océano. Soy de continente árido, de desiertos, de no dejar crecer las rosas sólo por no ver como brota la mala hierba, mis espejismos tiene forma de la misma piedra con la que tropezar una y otra, y otra vez. Y, bueno, mi corazón es el epicentro de un terremoto que nunca deja de replicar.


Intentas pasar de puntillas siempre por todos lados, por mi vida, pero no te das cuenta de que aunque un huracán se descalce sigue siendo un huracán – me decía.

Me llamo Laura, pero puedes llamarme Roma porque siempre estoy en ruinas. 
Desencantada.

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