lunes, 13 de marzo de 2017

Pochemuchka (MERAKI: CAPÍTULO III)

Ya ha pasado un mes desde aquel día y no he vuelto a saber nada de él, yo tampoco le  he dado señales de vida, tampoco sabría muy bien cómo hacerlo. La calma después de la tormenta, supongo, ponerle yeso a todos mis cimientos agrietados.

He vuelto a ir a la universidad, sólo para descubrir que quiero dejarla definitivamente. Si algo me ha enseñado la muerte de Fred es a no perder el tiempo con lo que no quiero. Parece que estoy empezando a remontar, ya sabéis, el rollo de fénix que tanto me gusta, resurgiendo una y otra vez, a pesar de todo, aprendiendo a volar de nuevo y toda esa mierda.

Quizás por eso he conseguido reunir fuerzas y volver a casa, a la de verdad, a la del olor a lavanda y mar, la de la chimenea siempre encendida con el calor familiar. La del aluvión de besos y preguntas de mi madre.

La última vez que hice el trayecto Berlín-Rostock, mi ciudad natal, fue para despedirme de él para siempre. La primera vez que hice el trayecto Rostock-Berlín él iba conmigo; teníamos diecisiete años y unas increíbles ganas de sentirnos vivos. Habíamos mentido a nuestros padres para poder escaparnos al concierto de Blue October y de paso pasar el fin de semana en la capital que tan poco conocíamos por aquel entonces. Me duele cada minuto que paso en este tren, el fénix todavía es pequeño como para prender fuego a los recuerdos y se los tiene que tragar como cristales que le van desgarrando a medida que los mastica.

Para ser sinceros, estoy acojonada, el hecho de tener que ponerme de nuevo el disfraz de Val comido por las polillas de la falsa ingenuidad, fingir que todo va bien, sonreír todo el tiempo a todo el mundo, hacer como que sé qué estoy haciendo con mi vida, cuando lo único que sé es que estoy sobreviviendo y sin saber si quiero hacerlo.

Pero entonces veo como se ilumina la mirada perdida de mi abuela cuando llego a casa y es como tocar tierra firme después de un naufragio. Me come a besos y yo a ella y me agarra las manos con la fuerza de todas las palabras que le gustaría decir pero que hace muchos años ya que no puede. La verdad es que a veces me pregunto si no se alegrará siempre tanto de verme porque me confunde con el fantasma de su hijo (mi padre) muerto demasiado joven. Y casi prefiero que se reencuentre con él que conmigo.

No me ha dado ni un beso todavía y a mi madre ya le ha dado tiempo a preguntarme todo lo que tenía pendiente desde que me fui. Me abraza y tengo que reunir todas mis fuerzas para no volver a tener diez años y no querer separarme nunca de su lado.

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No he sido capaz ni siquiera de estar unas horas aquí sin ir a verle, yo sé que él no está aquí, sé que es uno de los tantos engaños que usamos los humanos para reducir el dolor, pero aquí estoy con su flor favorita en las manos de espaldas a una tumba mal cuidada. Hablando al aire como queriendo salir volando:

Te echo tanto de menos, Fred. Te necesito para que me ayudes a responderme a todas las preguntas que no dejo de hacerme y que antes te hacía a ti, y me siento estúpida y egoísta, e inútil. Y culpable. Muy culpable. Toda la vida hablándote de suicidios, del mío, y al final tu mente iba mil precipicios por delante de la mía. Y yo sin verlo, egoísta, egocéntrica, lo siento. Siento haber huido de este sitio pensando sólo en mí, como siempre, lo siento y a la vez estoy tan cabreada contigo por hacer lo mismo. Estoy sola, Frederick, estoy jodida. Val, la eterna incomprendida con su halo de misterio cuyo único misterio es el miedo, el miedo a todo que sólo desaparecía contigo.

Últimamente estoy pensando demasiado en todo lo que quisimos hacer y nunca hicimos y lo voy a hacer Fred, lo juro, por ti, por mí, por eso vengo a despedirme, vienes conmigo, estoy segura, siempre lo has hecho. Pero esta vez echando a volar, juntos, como cuando saltábamos desde las rocas al mar y éramos libres siendo cuerda a la vez uno del otro, libres, nos gustó tanto siempre esa palabra que nunca disfrutamos del concepto, pero lo voy a hacer, en serio, te lo debo, joder, nos lo debo. Me has vuelto a empujar a la vida, como siempre. Lo siento, lo sabes, ¿no? Seguro que sí, siempre estabas en mi mente antes de que yo llegara.

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De vuelta a casa, con el sabor a sal pegado al cuerpo, me llama Reidar, como si tuviese un piloto de emergencia cada vez que me voy a desplomar; pero no quiero, éste momento es de Fred y mío desde el comienzo hasta el final de las lágrimas, y quiero recordarlo tal cual somos, los invencibles vencidos.





domingo, 5 de marzo de 2017

Es domingo y Madrid está vestida de gris, tan preciosa como siempre. Y yo, intentando hacer las paces con el papel en blanco mientras me reprocha que llevo demasiados meses sin pasarme por aquí, como un viejo amigo que nunca olvidas pero al que te cuesta volver. Por eso lo hago sin disfraz, sin personajes a los que cargarles con el peso de mis miedos; lo hago en forma de diario porque estas semanas he necesitado saber muchas veces como he sido capaz tantas otras veces de chocar con icebergs sin hundirme, y no he podido recordarlo; lo hago como brújula, como una forma de volver a casa después de mucho tiempo perdida.

Esta semana he redescubierto el significado de muchas cosas, entre ellas de la lealtad y de la confianza. Mi Roble se ha abierto en canal ante mí, haciéndonos florecer en vez de marchitarnos, diciéndome con los ojos ‘entiéndeme, por favor’, y yo sólo sentía que podía quedarme abrazada a él toda la vida, él es un bonito lugar en el que vivir, en el que cobijarse, en el que refugiarse, es un hogar construido con nuestras propias manos. Antes lo creía y ahora estoy segura, es un hogar que protegería con mi vida.

También me he dado cuenta de que las distancias se pueden recortar con un mensaje, un recuerdo, una voz que te sigue animando detrás de cada paso que vas dando. Que, a veces, el tiempo se detiene cuando te despides de alguien, sólo para volver a reanudarse al reencontrarse.

La realidad me ha gritado a la cara que soy más afortunada de lo que siempre pienso, que el tiempo que invertí y que sigo invirtiendo cuidando a los míos nunca ha sido en balde, como tantas veces he creído. Que aunque siempre he sido de volar, y de llevar la libertad como bandera, en realidad, mis alas están construidas a base de raíces.

Sigo pensando que el invierno es la estación más bonita del año, la belleza de las cosas tristes. Y también sigo luchando contra mí misma más de lo que me gustaría. Me he dado cuenta de que no sirve de nada que vaya recogiendo las piedras del camino para no volver a tropezar con ellas si lo que hago es echármelas a la espalda y seguir directa hacia los precipicios.

Y también hay algo en lo que sigo sin tener éxito, sigo mirando más hacia atrás que hacia delante, y lo sé, intentar crecer mirando al suelo te hace perderte todo el paisaje.

Supongo que lo que intento decir es que sigo luchando con los monstruos que ya no están debajo de la cama, sino que ahora están dentro de mí. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Culaccino (MERAKI: CAPÍTULO II)

Mi vestido de flores de repente se ha convertido en una sudadera de los Lakers, el antro en el que estaba de repente es todo silencio, frío y olor a lima. En mi mente parece que están proyectando el tráiler de una película de terror, hasta que poco a poco voy tomando consciencia de mí misma y de mi vergüenza y me doy cuenta de que lo que estoy viendo son los únicos recuerdos que tengo de la noche.
Cuando mis ojos consiguen acostumbrarse a la penumbra lo primero que ven son los vasos derritiendo los restos de hielo sobre la mesa, ahora me doy cuenta de que la sal que tengo en los labios no sé si es del tequila o del derroche de lágrimas. Ojalá sea el tequila.
Y, bueno, luego está él. Reidar. Acurrucado en un sillón en el que le falta todo el espacio que a mí me sobra, manteniendo la distancia, con la cara llena de un cansancio que no le corresponde, con el peso de haber tenido que cargar con los desastres de un huracán que se lo ha llevado por delante. El huracán Valkyrie, encantado.
Estoy pensando que ni siquiera recuerdo como suena su voz cuando el Sol y sus ojos empiezan a amanecer a la vez, o a intentarlo; es demasiado pronto como para negarle cinco minutos más al sillón más incómodo del mundo. Y yo estoy demasiado cómoda en la casa de un desconocido, la comodidad de no tener que aparentar y a la vez poder ser sólo lo que tú quieras mostrar.

Un par de horas después me vuelvo a despertar en el mismo sitio, con el mismo dolor de cabeza. Salvo que ahora, gracias a la invasión de olor a café en mi cerebro, se agolpan unas irremediables ganas de vomitar en mi garganta.
Cuando consigo poner en pie cada una de las piezas de mi cuerpo, me encuentro encallada frente a una sonrisa torcida, los ojos más normales del mundo y una maraña de pelo castaño. Y no sé si es él o un espejo, porque estoy segura de que yo debo tener un aspecto bastante parecido.
-  Buenos días. ¿Café? – dice una voz de la que no me acordaba en absoluto.
-   Sí, pero después de vomitar, por favor. ¿El baño?
-  Al fondo a la derecha, y si necesitas que te vuelva a sujetar el pelo, avísame. – genial, eso era algo que no quería recordar.


A mis veintidós años, he conocido a muchas personas a lo largo de mi vida, con unos me he estrellado y con otros nunca paré de dar círculos en torno a una confianza que nunca apareció. He conocido los precipicios de algunos, y los pozos sin fondo de otros, al igual que ellos los míos, también me he reído con cada músculo de mi cuerpo con cada una de esas personas, pero os juro que puedo contar con los dedos de una mano las veces que me he sentido tan cómoda como en este mismo momento. Llevamos medio día empalmando un café con otro, como si fueran los tequilas y las cervezas de la noche anterior, lamiéndonos la resaca y las heridas, descalzos y en sudadera en un ático maltrecho en Berlín en pleno invierno. Y es que no es el sitio, son las personas las que son casa, refugio y, quien sabe, tal vez hogar.