domingo, 15 de octubre de 2017

petenera

cómo hablar de cicatrices cuando nunca has dejado de reabrir la herida, de reavivar la llama con la sal marina de los ojos azules del sediento desierto que has sido toda tu vida.

cómo hablar de cicatrices si de tus heridas no brota sangre sino escarcha; quién quisiera vivir en tu perpetuo invierno.

cómo hablar de cicatrices si nunca se te dieron bien los puntos, ni los seguidos, ni el final, ni el punto muerto en el que vives.

cómo hablar de cicatrices si de cada orificio de bala te nacieron flores.

cómo hablar de cicatrices si con todo tu dolor abonaste un jardín donde forjaste las plantas a base de agua salada, donde usaste el fuego para arrasar la buena hierba mientras que dejaste salvaje la mala, tu alma.

cómo hablar de cicatrices si de cada golpe hiciste brotar una raíz.

lunes, 13 de marzo de 2017

Pochemuchka (MERAKI: CAPÍTULO III)

Ya ha pasado un mes desde aquel día y no he vuelto a saber nada de él, yo tampoco le  he dado señales de vida, tampoco sabría muy bien cómo hacerlo. La calma después de la tormenta, supongo, ponerle yeso a todos mis cimientos agrietados.

He vuelto a ir a la universidad, sólo para descubrir que quiero dejarla definitivamente. Si algo me ha enseñado la muerte de Fred es a no perder el tiempo con lo que no quiero. Parece que estoy empezando a remontar, ya sabéis, el rollo de fénix que tanto me gusta, resurgiendo una y otra vez, a pesar de todo, aprendiendo a volar de nuevo y toda esa mierda.

Quizás por eso he conseguido reunir fuerzas y volver a casa, a la de verdad, a la del olor a lavanda y mar, la de la chimenea siempre encendida con el calor familiar. La del aluvión de besos y preguntas de mi madre.

La última vez que hice el trayecto Berlín-Rostock, mi ciudad natal, fue para despedirme de él para siempre. La primera vez que hice el trayecto Rostock-Berlín él iba conmigo; teníamos diecisiete años y unas increíbles ganas de sentirnos vivos. Habíamos mentido a nuestros padres para poder escaparnos al concierto de Blue October y de paso pasar el fin de semana en la capital que tan poco conocíamos por aquel entonces. Me duele cada minuto que paso en este tren, el fénix todavía es pequeño como para prender fuego a los recuerdos y se los tiene que tragar como cristales que le van desgarrando a medida que los mastica.

Para ser sinceros, estoy acojonada, el hecho de tener que ponerme de nuevo el disfraz de Val comido por las polillas de la falsa ingenuidad, fingir que todo va bien, sonreír todo el tiempo a todo el mundo, hacer como que sé qué estoy haciendo con mi vida, cuando lo único que sé es que estoy sobreviviendo y sin saber si quiero hacerlo.

Pero entonces veo como se ilumina la mirada perdida de mi abuela cuando llego a casa y es como tocar tierra firme después de un naufragio. Me come a besos y yo a ella y me agarra las manos con la fuerza de todas las palabras que le gustaría decir pero que hace muchos años ya que no puede. La verdad es que a veces me pregunto si no se alegrará siempre tanto de verme porque me confunde con el fantasma de su hijo (mi padre) muerto demasiado joven. Y casi prefiero que se reencuentre con él que conmigo.

No me ha dado ni un beso todavía y a mi madre ya le ha dado tiempo a preguntarme todo lo que tenía pendiente desde que me fui. Me abraza y tengo que reunir todas mis fuerzas para no volver a tener diez años y no querer separarme nunca de su lado.

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No he sido capaz ni siquiera de estar unas horas aquí sin ir a verle, yo sé que él no está aquí, sé que es uno de los tantos engaños que usamos los humanos para reducir el dolor, pero aquí estoy con su flor favorita en las manos de espaldas a una tumba mal cuidada. Hablando al aire como queriendo salir volando:

Te echo tanto de menos, Fred. Te necesito para que me ayudes a responderme a todas las preguntas que no dejo de hacerme y que antes te hacía a ti, y me siento estúpida y egoísta, e inútil. Y culpable. Muy culpable. Toda la vida hablándote de suicidios, del mío, y al final tu mente iba mil precipicios por delante de la mía. Y yo sin verlo, egoísta, egocéntrica, lo siento. Siento haber huido de este sitio pensando sólo en mí, como siempre, lo siento y a la vez estoy tan cabreada contigo por hacer lo mismo. Estoy sola, Frederick, estoy jodida. Val, la eterna incomprendida con su halo de misterio cuyo único misterio es el miedo, el miedo a todo que sólo desaparecía contigo.

Últimamente estoy pensando demasiado en todo lo que quisimos hacer y nunca hicimos y lo voy a hacer Fred, lo juro, por ti, por mí, por eso vengo a despedirme, vienes conmigo, estoy segura, siempre lo has hecho. Pero esta vez echando a volar, juntos, como cuando saltábamos desde las rocas al mar y éramos libres siendo cuerda a la vez uno del otro, libres, nos gustó tanto siempre esa palabra que nunca disfrutamos del concepto, pero lo voy a hacer, en serio, te lo debo, joder, nos lo debo. Me has vuelto a empujar a la vida, como siempre. Lo siento, lo sabes, ¿no? Seguro que sí, siempre estabas en mi mente antes de que yo llegara.

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De vuelta a casa, con el sabor a sal pegado al cuerpo, me llama Reidar, como si tuviese un piloto de emergencia cada vez que me voy a desplomar; pero no quiero, éste momento es de Fred y mío desde el comienzo hasta el final de las lágrimas, y quiero recordarlo tal cual somos, los invencibles vencidos.





domingo, 5 de marzo de 2017

Es domingo y Madrid está vestida de gris, tan preciosa como siempre. Y yo, intentando hacer las paces con el papel en blanco mientras me reprocha que llevo demasiados meses sin pasarme por aquí, como un viejo amigo que nunca olvidas pero al que te cuesta volver. Por eso lo hago sin disfraz, sin personajes a los que cargarles con el peso de mis miedos; lo hago en forma de diario porque estas semanas he necesitado saber muchas veces como he sido capaz tantas otras veces de chocar con icebergs sin hundirme, y no he podido recordarlo; lo hago como brújula, como una forma de volver a casa después de mucho tiempo perdida.

Esta semana he redescubierto el significado de muchas cosas, entre ellas de la lealtad y de la confianza. Mi Roble se ha abierto en canal ante mí, haciéndonos florecer en vez de marchitarnos, diciéndome con los ojos ‘entiéndeme, por favor’, y yo sólo sentía que podía quedarme abrazada a él toda la vida, él es un bonito lugar en el que vivir, en el que cobijarse, en el que refugiarse, es un hogar construido con nuestras propias manos. Antes lo creía y ahora estoy segura, es un hogar que protegería con mi vida.

También me he dado cuenta de que las distancias se pueden recortar con un mensaje, un recuerdo, una voz que te sigue animando detrás de cada paso que vas dando. Que, a veces, el tiempo se detiene cuando te despides de alguien, sólo para volver a reanudarse al reencontrarse.

La realidad me ha gritado a la cara que soy más afortunada de lo que siempre pienso, que el tiempo que invertí y que sigo invirtiendo cuidando a los míos nunca ha sido en balde, como tantas veces he creído. Que aunque siempre he sido de volar, y de llevar la libertad como bandera, en realidad, mis alas están construidas a base de raíces.

Sigo pensando que el invierno es la estación más bonita del año, la belleza de las cosas tristes. Y también sigo luchando contra mí misma más de lo que me gustaría. Me he dado cuenta de que no sirve de nada que vaya recogiendo las piedras del camino para no volver a tropezar con ellas si lo que hago es echármelas a la espalda y seguir directa hacia los precipicios.

Y también hay algo en lo que sigo sin tener éxito, sigo mirando más hacia atrás que hacia delante, y lo sé, intentar crecer mirando al suelo te hace perderte todo el paisaje.

Supongo que lo que intento decir es que sigo luchando con los monstruos que ya no están debajo de la cama, sino que ahora están dentro de mí.